[L-I] TESTIGO PROFUGO Memorias y Reflexiones desde la Militancia por Leonardo Napoli

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Mas de la mitad de la población argentina vivió otra Argentina.

 

Debemos recordarlo, hace apenas... 30 años. Yo mismo era un adolescente y recuerdo otra sociedad. Un entramado social distinto. Pero también la discusión era otra. El análisis otro. En principio, existía el Estado. En esos años, se vivía bajo una dictadura, pero esa misma dictadura no había podido extirpar, a pesar de sus intentos, el modelo de Estado de Bienestar de los años 40-50. 

 

Las organizaciones gremiales, con todas sus diferencias, existían y tenían un rol muy definido en la sociedad. Eran la expresión organizada del Movimiento Obrero. Con todos sus bemoles. Desde entreguistas, adulones de los patrones, mas representantes de los interesados del capital que de los intereses del pueblo, hasta las expresiones más combativas del sindicalismo, tal como se recuerda a la ya legendaria CGT de los Argentinos. La resistencia a aquella dictadura no fue poca. Poderosas organizaciones ponían el pecho. Hombres y mujeres del pueblo, estudiantes, intelectuales, artistas, profesionales, se entregaron a la causa peronista. Porque ese peronismo era la expresión más elevada de las posibilidades revolucionarias de la Argentina. 

 

También muchos recordamos que, con el advenimiento del peronismo en 1973, se abría una nueva posibilidad para nuestra Patria: la de ser  justa, libre y soberana. 

 

Se discutía y se pregonaba el socialismo nacional; la justa distribución de las riquezas; que -hay un solo tipo de hombre, el que trabaja para el bienestar del pueblo y la grandeza de la Nación; que -los únicos privilegiados volverían a ser los niños, relanzando esa frase monumental de Eva Perón, que en nuestra joven sociedad hecha por jóvenes, no existiría el privilegio. El privilegio de  la influyente dinerocracia, el de ser el hijo de... o de portar apellido.

 

Sabíamos que la historia nos hacia testigos. Enfrentamos el desafío afirmando, una vez mas, que nuestra mayor contradicción consistía en que la Argentina era un país colonizado, dependiente de las decisiones de los grandes trust económicos y financieros, fundamentalmente de origen yanqui. Y eso que aquella Argentina, era mucho menos dependiente que la actual. 

 

Me recuerdo leyendo a Perón, a Hernández Arregui, a Marx, a Lenin, a Gramsci, a Jauretche, a Scalabrini Ortiz, a Fermín Chávez. A Galeano. Con “Las Venas Abiertas de América Latina”, supe de Zapata, de Haya de la Torre, de Sandino, de Jacobo Arbenz, de Getulio Vargas, del Che y de Fidel y del gran Mao. Me desayuné   qué era La Alianza para el Progreso, inspirada en Wall Street, con su máxima que proponía: “La insurrección en América Latina hay que sofocarla en los vientres de las madres   campesinas y obreras”. Descubrí a Paulo Freire, a García Márquez, a Fanon, a Neruda, a Marechal a Homero Manzi y Discepolín. Vibré con el Payador Perseguido   de Yupanqui.  Cantaba con Piero Que se vayan ellos, compraba los discos de Almendra, de Sui Generis; escuchaba a los Beatles y los Rollings Stones, me conmovía con Benedetti y Viglietti. Lloré con la Cantata de Santa María de Iquique. Descubrí a Piazzolla y me acerque a mi viejo con Troilo. Vi Las aguas bajan turbias de Hugo del Carril, fui al estreno del Juan Moreira de Favio y con La Patagonia Rebelde me quedé para siempre con Osvaldo Bayer en algún lugar al que siempre recurro. Vi otro cine, el de   Pontecorvo y Costa Gavras. Me acerqué a Dios desde la justicia y no desde la caridad; la caridad del que da lo que le sobra. Es decir, vivíamos un proceso cultural de cambio. Día a día descubríamos una mentira nueva, una historia no contada, silenciada por el poder de turno. Socialmente participábamos de una bisagra histórica, entre una Argentina que quería sostener el viejo modelo agro-exportador  y la nueva Argentina industrial, soberana, que miraba de cara a sus hermanos latinoamericanos. Que se reconocía más negra, más cristiana, y también más  pobre de lo que aparentaba su Buenos Aires querida. 

 

El 25 de Mayo de 1973 tomé el primer tren de la mañana en la estación Saavedra para ir a la Plaza de Mayo. Fuimos con algunos compañeros de la escuela secundaria a presenciar la toma del poder democrático, después de 18 años de proscripciones. Yo era un militante de la UES. Era la segunda vez en mi vida que iba a una concentración en la plaza. Unos meses antes marchamos para pedir la renuncia del presidente de facto Lanusse. Al llegar a la estación Retiro algo me conmovió hasta las lágrimas que quería disimular, hasta que me di cuenta que el resto de mis amigos estaban pasando por igual momento. A medida que el tren se acercaba al andén nos llegaba cada vez más nítida la voz de Hugo del Carril cantando La Marcha Peronista que se propalaba por los parlantes de la terminal. No podía creer que esa marcha, que desde chico escuchaba clandestinamente o al cabo de una fiesta familiar, cuando algún tío mamado se atrevía a acompañarla con un ¡Viva Perón, carajo!, pudiera escucharse sin censura alguna. Me veo caminando entre banderas argentinas. Me abracé con decenas de desconocidos. Vi llorar a muchos hombres, cosa que no estaba acostumbrado a ver. Creí ver la felicidad por las calles.  

 

El 26 de mayo de 1955, fue jueves. 

 

Llovía fuerte desde temprano, pero al mediodía se instaló una llovizna que duró algunos días. A las 13.50 nací en la entonces Clínica Córdoba, sobre la avenida del mismo nombre, casi esquina Billinghurst. Mi madre tenía fecha para el 16 de junio, pero me adelanté. Ese día de junio sería recordado por la historia y por mi familia en particular. Bombardearon Plaza de Mayo, dejando mas de 400 muertos entre los escombros y  los hierros retorcidos de los colectivos. Los aviones no pararon su accionar en el centro de la ciudad: querían volar el gasómetro de Av. De los Constituyentes y Av. Gral. Paz. Un cilindro gigante, de mas de 40 metros de altura. Sobrevolaban el   Goliat de acero, dejando caer sus bombas y su metralla, aunque siempre con muy mala puntería. Mi madre, a pocos metros del lugar, me amamantaba. Los rumores de la cifra de muertos no la dejaba de inquietar. Mi padre seguramente se encontraba en el lugar porque trabajaba cerca. Y más, ya se hablaba de represalias a los peronistas una vez caído el “tirano”. La primer bomba hizo que se rompieran todos los vidrios de la casa. Mis gritos y la juventud de mi madre la desesperaron. La segunda bomba dió justo enfrente de su casa, destruyéndola por completo. Esa fue la señal. Me tomó entre sus brazos y salió con  rumbo incierto. Guiada mas por el miedo que la prudencia. Corrió por la Calle Gral. Savio hacia Av. De los Constituyentes, cuando lo vio venir. Un avión a vuelo rasante, abrió fuego contra todos los que como ella, corrían sin rumbo fijo. Nelly, mi madre, me recordaba tiempo después: -Cayeron muchos vecinos. Vi como las balas se incrustaban en las paredes a centímetros mío. Yo te abracé fuerte y me encomendé a Dios... La sangre que vi correr ese día, no sé si era peronista, si sé que era argentina. Mi madre era argentina, pero no era peronista.

 

En junio también - pero de 1935- Ángel, quedaba huérfano de padre a los 8 años de edad. Su situación familiar cambió. Debió abandonar la escuela primaria. Mi abuela organizó el trabajo y todos tuvieron que traer algo para el sustento diario.  Siendo una criatura, todos los días a las cuatro de la mañana, caminaba mas de veinte cuadras hasta la estación de Villa Urquiza. De los vagones del ferrocarril bajaba los tarros de leche para su posterior embotellado. 

 

A las seis de la mañana volvía con la paga entre sus brazos: dos botellas de leche y un pan fresco recién horneado para el desayuno de toda la familia. A media mañana vendía fruta con sus hermanos mayores,   que compraba en el mercado de la Av. Dorrego. Su madre lavaba ropa ajena y limpiaba casas. Según relata a veces, antes que la emoción le impida seguir hablando, que   muchos de esos días comían la sobra de los chorizos a la pumarola que acostumbraban dejar en el mercado. Y a la noche un mate cosido con pan como única cena. Esa era la Argentina de la Década Infame y en algunas cosas muy parecida a la actual.  

 

La primavera de 1944 se había instalado prematuramente en la ciudad. El invierno había sido duro. Por eso, los aprendices de un taller mecánico de la calle Guido en la Recoleta, todos los mediodía solían jugar a la pelota en Plaza Francia, aprovechando el buen sol reinante. Un Packard negro todos los días pasaba rumbo al centro, hasta que un mediodía paró. De él se bajaron tres hombres. Uno de ellos, que seguramente era el chofer, traía una canasta llena de sandwiches. El partido se detuvo inmediatamente. El más alto de los visitantes saludaba uno a uno a los muchachos, mientras los otros repartían la vianda. Ángel le preguntó a un compañero, “¿Quién es?” “ El coronel Perón” respondió otro apresurado, al tiempo que tomaba el sandwich de salame y queso más grande.

 

De impecable uniforme blanco lo recuerda. Preguntó a cada uno de los jóvenes a que se dedicaban, como se llamaban, de que pueblo de Italia o de España o de que provincia argentina eran los padres. Todavía lo retiene en su recuerdo, sonriente, gesticuloso. Palabras como, compañero, derechos laborales, justa paga, clase trabajadora y fundamentalmente,  Patria, que en ese contexto tomaba otra dimensión, comenzó a instalarse en la improvisada charla.

 

El sonriente coronel contagiaba energía y brindaba confianza. Nunca nadie, desde ese lugar, había reparado en ellos. No pidió votos ni prometió nada. Sólo recuerda Ángel que al irse el coronel dijo: -Muchachos: Nadie hará mas por ustedes, que ustedes mismos.  Después el coronel fue presidente. Ángel, entre tantos, accedió a una educación, tuvo un empleo estatal digno, fue deportista, accedió a las clases medias, se casó, pudo tener un crédito hipotecario para construir su casa., accedió a las vacaciones pagas, a los derechos sociales que aquel mediodía le verbalizara el coronel. Pero Ángel guarda en su memoria aquel momento en Plaza Francia. Ángel, mi padre, es argentino y es peronista. Pero de Perón como gusta decir.

 

Después alguien, no se desde que lugar, decidió apagar la luz. Un larga noche, llena de angustiosos flasches, de interminables silencios, de encuentros traicionados, de miedo y de censura, se apoderó de muchos de nosotros. Sobrevivimos y como pudimos tratamos de seguir adelante. 

 

Voy a confesar una cosa: cuando a mediados de los ochenta volví a la militancia, aunque no sabía bien por qué, me daba cuenta que algo se había quebrado en muchos de nosotros. Ese peronismo que había sido la herramienta de transformación social más importante que había dado el pueblo argentino, no existía más. Tardé varios años en reconocerlo. Había muerto, junto a muchos, mejores que nosotros. El pragmatismo político se apoderó de la mayoría y nosotros quedamos pareciendo ridículos nostálgicos con apenas treinta años. 

 

¿Y con todo esto que?

 

¿Empezaré por hacerme algunas preguntas?

 

Cuál es el mayor conflicto que atraviesa la Argentina?. Será  resolver el empleo y el trabajo?. El hambre y la marginación a que nos han llevado 25 años de políticas deliberadas a tal fin?. La corrupción generalizada, fundamentalmente en los cuadros dirigentes?. La reconstrucción de un Estado ausente, que regule y normatice los conflictos?. Será la inseguridad jurídica a la que estamos expuestos la mayor parte de los argentinos?. Será la Argentina de unos pocos, que ostentan poder desde el privilegio, contra la Argentina de los mas, que exigen una participación mas equitativa en la distribución de las riquezas?. Será un conflicto de tipo moral?. Económico?. Político?. Será el resolver de cómo nos insertarnos en este mundo globalizado, tan distinto de otro que conocimos?.     

   

No tengo respuesta. Lo que sí es cierto que muchas de estas preguntas son parte de los grandes temas a resolver. 

 

Toda vez que los pueblos salieron adelante, que emprendieron el sinuoso camino de la reconstrucción, después de grandes catástrofes, lo hicieron desde la Nación. Esa Nación que construirá un Estado. Ese bagaje cultural lleno de historias, de paradigmas, tangibles e intangibles, de creencias, llenos de música y de paisaje. Del orgullo que da el saber que los huesos de nuestros padres y algún día los nuestros y el de nuestros hijos, descansaran en la tierra que nos vio nacer. La necesidad le dio la fuerza transformadora a los pueblos. 

 

Esos pueblos que haciéndose cargo de su historia tomaron con responsabilidad su destino. Esos pueblos fueron soberanos. Marcaron territorio. Establecieron leyes para dentro y para fuera. El interés colectivo estuvo por encima del interés individual.   Las Naciones protegieron a sus hijos y a las  generaciones por venir. 

 

Es posible una sociedad justa. De eso estoy seguro. No hay ley de mercado, no hay justificación financiera, económica ni política que debamos dar por buena, que crea natural que para que un niño, quizás un hijo nuestro, pueda acceder a un buen plato de comida, a una buena educación, al  control de su salud, sea a costa de que otro niño, en algún otro lugar de nuestro país, no tenga acceso a las mas mínimas condiciones dignas de vida o muera de hambre.

 

Quién diga así es la vida, siempre habrá pobres, yo no tengo la culpa, los negocios son los negocios y justifique esto, es un hijo de puta!. Así pensaba a los 17 años   y así sigo pensando.

 

Aquel joven que fuimos, el que seguimos siendo en los ojos inocentes de nuestros hijos, es la conciencia acusadora de un mundo que inexorablemente se derrumba. Cayó Roma. Mil años de oscurantismo tuvo su amanecer. 300 años de dominio español en América fueron sepultados con los huesos de nuestros gauchos alzados. La década infame dio paso al peronismo. La peor de las dictaduras hocicó ante un pañuelo blanco.   

 

Algo extraño de aquella gesta generacional. Su vocación de poder. Tan llena de errores como de bravura. Marx  decía: -hay que ser dignos del poder, ese poder que es una herramienta útil para transformar un mundo por otro. 

 

Uno de los signos mas alarmantes de la vejez es cuando pensamos que si nosotros no pudimos, otros no podrán. Grueso error. 

 

Así como ninguna generación remata su protagonismo. Así, otros vendrán. Irrumpirán sin permiso y debemos estar preparados y prepararlos para que sean mejores de los fuimos. Mas solidarios, menos mezquinos y que crean que no hay salvación si no es con todos.  

 

Desde esa concepción del mundo, mas humana, mas nacional, mas de barrio, mas de hermano, mas natural, surgirán las normas, las políticas, las pautas para la distribución. Así haremos para nosotros y para todas las mujeres y hombres de este suelo una cultura verdaderamente nacional, popular y revolucionaria. 

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( Jose de San Martin)

 

 
 
 

 

 

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